jueves, diciembre 10, 2009

Arena en mi corazón




lunes, septiembre 07, 2009

Nación Serrana

viernes, mayo 01, 2009

1 de mayo

El Día internacional de los trabajadores o Primero de mayo, es la fiesta por antonomasia del movimiento obrero mundial.

Desde su establecimiento en la mayoría de países (aunque la consideración de día festivo fue en muchos casos tardía) por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, es una jornada de lucha reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago, sindicalistas anarquistas, que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en las jornadas de lucha por la consecución de la jornada laboral de ocho horas que tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886 y su punto álgido tres días más tarde, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket en Chicago.

Llamativamente en los Estados Unidos no se celebra esta conmemoración. Allí celebran el Labor Day el primer lunes de septiembre desde 1882 en una parada realizada en Nueva York y organizada por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor, en inglés). El presidente Grover Cleveland, auspició la celebración en septiembre por temor a que la fecha de mayo reforzase el movimiento socialista en los Estados Unidos.

Todo esto es muy bonito, pero en vista de la oligarquía que nos gobierna, que premia a los mismos que causan los problemas, que castiga a los que no tienen culpa de nada y no hicieron nada en su vida salvo trabajar para que otros se llenaran el bolsillo, en vista como digo, de estas cosas a uno le dan ganas de hacer lo mismo que el conductor suicida holandés: envestir con lo que uno tenga a mano contra esta oligarquía y contra los que la apoyan y sostienen.

miércoles, abril 15, 2009

La tercera

miércoles, abril 01, 2009

1 de abril

Foto de Robert Cappa en la despedida a las Brigadas Internacionales"El 1 de abril fue el día en que los ejércitos de ocupación bajo el mando supremo del Caudillo reconquistaron para la única y verdadera España los últimos reductos de la Anti-España".
Así recogían los titulares de prensa de aquel año el fin a la Guerra Civil. Hoy se conmemora el 70 aniversario del fin de la contienda y España sigue a vueltas con la Memoria Histórica de 'vencedores y vencidos', señal inequívoca de que las heridas se cerraron en falso y corren el riesgo de infectarse. Mi recuerdo hoy va para los brigadistas, esos hombres y mujeres que dejaron todo para sacrificar su vida en el ansia de conseguir un mundo mejor. Un mundo que para ellos empezaba en España.

Viva la Quinta Brigada. Mike Scott & Carlos Núñez.

(Foto de Robert Cappa en la despedida a las Brigadas Internacionales)

jueves, marzo 26, 2009

La toma de Orongis (207 a.n.e.)

Cuando Escipión cayó en la cuenta de que la guerra se fragmentaba en diversos frentes y que llevar la ofensiva a cada una de las ciudades era una tarea no laboriosa pero sí larga, emprendió el camino de vuelta. Con todo, para no dejarle aquella zona al enemigo envió a su hermano Lucio Escipión con diez mil hombres de infantería y mil de caballería a atacar la ciudad más rica de aquella comarca, Orongis la llamaban los bárbaros. Está situada en el territorio de los meseses, rama de los bastetanos; su suelo es fértil; sus habitantes, además, tienen minas de plata. Había sido la fortaleza desde la que Asdrúbal hacía incursiones a los pueblos del interior. Escipión acampó cerca de la ciudad y antes de circunvalarla envió hombres a sus puertas para que entraran en conversación con sus habitantes, sondearan sus sentimientos y les aconsejaran que experimentasen la amistad antes que la fuerza de los romanos. Como la respuesta no fue nada amistosa, rodeó la ciudad de foso y doble empalizada, y dividió el ejército en tres cuerpos, a fin de que hubiese siempre uno al ataque mientras dos descansaban. Cuando el primer cuerpo inició el ataque hubo una lucha terrible pero de resultado incierto: no resultaba fácil acercarse a los muros ni aplicar escalas debido a los proyectiles que caían; incluso si alguien conseguían enganchar las escalas al muro era derribado con horcas construidas al efecto o, desde arriba, le echaban encima garfios de hierro de forma que corrían peligro de ser levantados en vilo hasta lo alto del muro. Cuando Escipión se dio cuenta de que la lucha estaba igualada a pesar del reducido número de los suyos y que la ventaja del enemigo radicaba en estar combatiendo desde lo alto de la muralla, retiró la primera sección y atacó la ciudad con las otras simultáneamente. Esto provocó tal pánico entre los sitiados, agotados ya de luchar contra los anteriores, que los habitantes de la plaza huyeron de repente abandonando las murallas, y la guarnición cartaginesa, temiendo que la ciudad hubiese sido rendida a traición, abandonó sus puestos y se concentró en un solo punto.

Después lo habitantes cogieron miedo a que el enemigo, en caso de penetrar en la ciudad, degollase a mansalva a todo el que encontrase, cartaginés o hispano indiscriminadamente. Abriendo, pues, repentinamente la puerta, se echaron en masa fuera de la ciudad poniendo los escudos por delante por si les disparaban venablos desde lejos y mostrando desnudas las diestras para que se viera bien que habían arrojado las espadas. No se sabe con certeza si la distancia impidió captar bien esta circunstancia o si se sospechó una trampa; se cargó con saña contra los tránsfugas y fueron destrozados como si fuera una formación que presentaba batalla; y por aquella misma puerta se irrumpió violentamente en la ciudad. Mientras tanto, en otros puntos se destrozaban y echaban abajo las puertas con hachas y dolabras y, a medida que iban entrando los jinetes, se dirigían a galope a ocupar el foro, pues ésas eran las órdenes recibidas; a la caballería se habían sumado también un cuerpo de triarios; los legionarios invadieron los restantes puntos de la ciudad. Se abstuvieron de saquear y de matar a los que encontraron, salvo si ofrecían resistencia armada. Fueron puestos bajo custodia todos los cartagineses y también los cerca de trescientos habitantes de la plaza que habían cerrado las puertas; a los demás les fue entregada la ciudad y devuelto sus bienes. En el asalto de aquella ciudad cayeron cerca de dos mil enemigos y no más de noventa romanos.

La toma de esta plaza por la fuerza alegró tanto a los que participaron en la acción como al general y al resto del ejército. Fue muy vistosa su llegada llevando ante si una gran turba de prisioneros. Escipión felicitó a su hermano en los términos más elogiosos que le fue posible, parangonando la toma de Orongis con la toma de Cartagena que él mismo había llevado a cabo, y como se echaba encima el invierno y no podía atacar Cádiz ni seguirle los pasos al ejército de Asdrúbal, fraccionado aquí y allá por la región, retiró todas sus tropas a la Hispania Citerior.

Tito Livio XXVIII 3 y 4

miércoles, marzo 25, 2009

El ejército perdido.

Al principio me resultaba difícil comprender qué era lo que hacía a estas ciudades más deseables que nuestras aldeas de Naim o de Beth Qada, pero Jeno me habló de unos lugares llamados “teatros” en los que la gente permanece sentada durante horas o días enteros mirando a otros hombres que actúan como si fuesen personajes desaparecidos hace siglos, representando de modo ficticio sus aventuras y vicisitudes con tal realismo que uno parece estar viéndolos. Y la gente se emociona increíblemente; lloran y ríen, se indignan y gritan de ira y de entusiasmo. En resumen, es como si vivieran otras vidas que de lo contrario no habrían tenido nunca ocasión de experimentar. Pueden vivir una distinta cada día o incluso más. Y esto es algo verdaderamente maravilloso. ¿Cuándo un hombre nacido en una de las Aldeas del Cinturón tiene ocasión de enfrentarse a monstruos, luchar contra engaños y sortilegios, enamorarse de mujeres tan bellas que le hagan perder la cabeza, tomar comidas y bebidas de aromas desconocidos y de efectos impensables? Aquí todos llevan la misma vida, siempre con la misma gente, los mismos olores y la misma comida. Siempre. Mirando cómo se desarrollan esas historias ante sus propios ojos, el que asiste a la representación inevitablemente toma parte a favor de los buenos y en contra de los malos, a favor de los oprimidos y en contra de los opresores, a favor de quienes han sufrido una injusticia y en contra de quienes la han infligido, y así se vuelven mejores de lo que son y se avergüenzan de cometer las acciones malvadas que han visto en el lugar que llaman “teatro”. Y no sólo eso. En esas ciudades viven unos sabios que van por caminos y plazas enseñando lo que han estudiado o investigado: el sentido de la vida y de la muerte, de lo justo y de lo injusto, de lo que es bello y de lo que es feo, si los dioses existen y dónde se encuentran, si es posible una existencia sin dioses, si los muertos son propiamente muertos o si viven en alguna otra parte donde nosotros no los vemos. Luego hay otros a los que llaman artistas, que pintan en las paredes o en tablas de madera escenas maravillosas con espléndidos colores y construyen otras imágenes que tienen exactamente la forma y el aspecto de dioses y de seres humanos, o de animales: leones, caballos, perros, elefantes. Estas imágenes se ponen en las plazas, en los templos y también en las casas de los ciudadanos particulares para embellecerlas y hacerlas más agradables. Y luego están los templos: las moradas de los dioses. Son construcciones grandiosas, hechas de columnas de mármol pintadas, doradas, resplandecientes que sostienen vigas talladas con escenas de sus mitos y de su historia. Y, también en las fachadas, unas imágenes maravillosas narran el nacimiento de sus ciudades y otros acontecimientos extraordinarios. En el interior del templo está la efigie de la divinidad protectora de la ciudad: diez veces más grande que la estatura de un ser humano, es de marfil o de oro y brilla en la semioscuridad herida por el rayo de sol que desciende de lo alto. Al pensar en todo esto puede comprenderse perfectamente lo duro y triste que es para un hombre abandonar un lugar semejante y a la gente que vive en él, qu habla tu lengua, que cree en los mismos dioses y ama las mismas cosas que tú amas.

Abira a Abisag.
El ejército perdido.
Valerio Massimo Manfredi

Dedicado a Carmen-Chusa por su cumpleaños (con un poco de retraso :$) Mucha suerte en el estreno, aunque todavía no sé si podré acudir.